La situación en la ciudad parece ser más crítica a medida
que pasan los días. La gente se amontona en largas filas a las puertas de
oficinas de empleo y organizaciones de caridad. La policía controla cada
centímetro de calle, al menos eso nos quieren hacer creer. Hoy parece que ni el
Sol está dispuesto a salir, la luz del día es triste y gris, como las miradas
que nos encontramos al caminar. Dicen en la tele que todo esto pronto mejorará
pero sabemos que caemos en picado y que no nos vamos a salvar. Cruzado el punto
de no retorno no hay vuelta atrás. En los pueblos la realidad tampoco es
demasiado halagüeña. El salvaje capitalismo destruye a los pequeños productores
imponiéndoles unos precios de venta que en muchos casos no alcanzan para cubrir
gastos. Es por esto que se ven obligados a vender sus terrenos a grandes
terratenientes que les esclavizarán para el resto de sus días. La situación de
nuevo es crítica. Millones de personas explotadas por el Gran Engranaje. Sin
opción alguna de escapar. Muchos lloran, otros rezan y unos cuantos más
destruyen su cuerpo y su cerebro llenándolos de tóxicos en un vano intento de
evasión. Evidentemente esto no soluciona nada. De todas las ventanas que nos
rodean solo en una se puede ver la luz, y ésta es la de la acción colectiva. En
el marco en el que nos encontramos actualmente la individualidad únicamente
empeora el estado de la cruda realidad, haciéndola aún más hostil para la gran
mayoría. Juntando la fuerza de quienes queremos que este mundo sea un buen
lugar para vivir y disfrutar quizás consigamos que el Sol vuelva a salir más
grande que nunca.
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